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Los Viajes de la Magdalena

12/10/2013

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BIOGRAFÍA DEL AUTOR.

Por Eduardo G. Fierro.

Nació un 2 de septiembre. Amaneció junto con el día, con sus primeras luces, a las seis de la mañana. Quizá esta sea la única vez que ha llegado pronto a algún sitio. Hijo único de familia de clase media que trabajaba para el Estado, él siempre ha manifestado que le hubiera gustado tener hermanos y que eso es algo que le ha marcado profundamente. No cabe duda de que su vida hubiera sido diferente de no ser el primero y el último de los hijos de sus padres.

En su niñez y pubertad fue a colegio de curas de donde salió por pies y perseguido, no sin polémica, a los 15 años para ir a otro colegio privado, esta vez seglar, hasta finalizar el bachiller y los estudios que le condujeron a la universidad. Mucho mejor le fue en este centro, pese a su escasa disposición para adaptarse a las grandes instituciones sociales, y guarda nostálgicos recuerdos de su recién iniciada juventud y de los tiempos venideros. Allí hizo amigos de esos que se hacen en la adolescencia, de los que no se olvidan durante toda la vida y por los que siempre sentirá un inmenso afecto y cariño. Es ese grupo al que siempre, por mucho que ruede la vida y cada uno siga su camino, considerará como su grupo de amigos. Quizá por eso es el de Bachiller el título al que guarda más cariño, debido a la intensidad del tiempo vivido que representa.

En la universidad estudió magisterio y trabajo social. Y entre ambas carreras un ciclo superior de Animación Sociocultural, en uno de los años que considera como mejores y más creativos de su vida, en los que cada día por su mente pasaban mil historias, como si su imaginación no tuviera final. Cosa que, por otra parte, era verdad. Fue ese el comienzo de su etapa más creativa y cuando empezó a escribir con cierta seriedad y periodicidad, sin dejar de hacerlo hasta la actualidad.

Entre tanto y en todo ese tiempo, amores y chicas, algunas de una noche, tan bien descritas en sus versos “… / amor envasado en frascos de una noche /  fragancias de alcohol y de carne / …”, otras para siempre en su corazón y en su recuerdo pero lejos de sus labios “… / Tan sin ti, / que ya no sé si merece la pena ser / …”. Ese descubrir un mundo, la vida, ese salir del cascarón sin acabar de salir del todo, ese beberse las noches a tragos, ese vomitar en las esquinas, tanto mear en los garajes, alguna bronca mal llevada, otras con mejor final, amigos que cayeron, otros que nunca lo harán, y esos labios de mujer.

En cuanto a su vida laboral siempre se ha dedicado a la enseñanza, comenzó impartiendo clases en academias, pasó por centros privados, por el ayuntamiento, incluso dio clases de tenis. En 2.006 aprobó un examen por el que entró a formar parte, como interino, del cuerpo de profesores del Estado. Desde esa fecha y hasta la actualidad, lleva trabajando como profesor en institutos de diferentes localidades de su región y ha sido trabajando para el Estado donde mejor ha podido desarrollar su labor docente y donde más libertad, medios y apoyos ha recibido para tal fin.

El tenis es otra parte importantísima de su vida. Empezó a jugar a los cuatro años y no ha dejado de hacerlo desde entonces. Incluso, ya lo hemos dicho antes, se dedicó a dar clases de tenis durante un par de años y tiene varias titulaciones nacionales que le habilitan para impartir esas enseñanzas. Como él ha dicho en muchas ocasiones, “Cuando entro en una pista de tenis todos los problemas se quedan fuera, ninguno entra conmigo. Dentro de ella sólo estamos el contrario, la pista y yo, todo lo demás no existe”. Y verdaderamente, parece fundirse con la pista y ser uno solo cuando está dentro de ella.

Siempre le ha gustado conocer diferentes modos de vida, costumbres, gentes que le aportaran una visión diferente del mundo. Esto le ha llevado a que en sus viajes, se interesara más por conocer a las personas del lugar que visitaba y sus maneras de ser y costumbres que a hacer rápidas, organizadas y turísticas visitas a los museos o monumentos de turno, aunque nunca dejó esto último de lado. Quizá sea este uno de los motivos por los que siempre se ha declarado “universalista” y “ciudadano del mundo”, si bien esto puede parecer que está en contradicción con el elevado sentimiento de nación que refleja en muchos de sus escritos. Pero una lectura atenta de sus obras lleva a comprender cómo ambos sentimientos se dan la mano y cómo son, los dos, mucho más abiertos, amplios y extensos de lo que se puede pensar en una primera impresión.

Su labor creativa se ha desarrollado en diversos campos. Ha tocado la mayoría de los géneros como los relatos cortos, novelas y teatro, pero también ha escrito numerosos artículos de opinión y educativos, además de poesía. Sus inquietudes por la escritura comenzaron en la adolescencia, que es donde comienzan estas cosas, y se han mantenido hasta nuestros días. Cada día sueña despierto y mantiene una viva imaginación, llevándole sus fantasías además de a la escritura, al desarrollo de diferentes propuestas creativas parecidas a lo que se suele llamar “performance” pero que mantienen un estilo original y diferente a lo que habitualmente se entiende como tales.

Hombre contradictorio y dado a las sorpresas como es, a veces todo y a veces nada, siempre nos resulta interesante ver cuál será su próximo acto.

 

EL CAPITÁN.

Por el Señor Sánchez. Segundo oficial de la nave de la armada española La Magdalena.

El Capitán era, como correspondía al cargo, el tipo más singular de la nave. Se podría decir que era único. Único para lo bueno y para lo malo, que mucho había tanto de lo uno como de lo otro. En mi opinión estaba predestinado a ser Capitán desde el principio. Capitán de algo o de alguien, aunque no se supiera muy bien de qué. Por una parte era su procedencia, hijo de ilustre familia militar, lo que le otorgaba casi sin mérito previo el ocupar un cargo importante en la Armada. En este sentido, nunca faltaban los rumores entre la chusma sobre las verdaderas aptitudes de su Capitán, ese «mimado hijo de su padre», puesto ahí por ser quien es y por haber gozado de tan buena cuna desde su nacimiento. Por otra parte, su personalidad había sido programada para ser alguien importante. Como hijo único que era, las expectativas y deseos de su padre habían sido puestos únicamente sobre él, de tal manera que él mismo se sabía especial, y así hacía saberlo a los demás con cierta asiduidad. No creo que hubiera necesitado de muchas ayudas para llegar a un cargo como éste, dado lo determinado de su comportamiento, aunque tampoco dudo que alguna que otra tuvo para hacer el camino hasta aquí un poco más sencillo.

Sin embargo, los rumores casi siempre esconden más parte de mentira que de verdad en ellos. En este caso, las aptitudes del Capitán, por mucha chufla que hiciera la jarcia al respecto, eran bastante más que suficientes para liderar la nave, fuera cual fuere el motivo por el cual llegó a tal cargo. Era, como ya les he comentado, un tipo especial, uno de esos líderes natos al que casi todos siguen, aunque muy pocos entiendan. No negaré que nos hervía la sangre, a mí como al que más, cuando oíamos su «¡Por Dios, y por España!» antes de encaminarnos hacia cualquier locura, hazaña, aventura, o estupidez, o lo que ustedes quieran pensar, porque de todo había cabida en su imaginación. Y en algunas ocasiones ni Dios, ni España, eran merecedores de tamaña empresa, al menos en mi modesta opinión. Sólo la gloria, esa gloria bendita que el Capitán buscaba desesperadamente, era lo que podía justificarlas, si es que la palabra justificación puede aplicarse a las cosas del todo injustificables.

Porque el Capitán era sobre todas las cosas, excesivo, exagerado. En sus cosas buenas y en sus cosas malas. Las buenas ya las irán intuyendo ustedes mismos. Un líder nato, una persona capaz de movilizar a la masa, inteligente, valiente, encantador cuando quería y con quien quería, de lo cual bastantes damas, y otras muchas mujeres de las más baja estofa, podrían entrar en más detalles que yo. Su imaginación estaba a la altura de su cultura. Y su cultura era tal que casi nunca nadie sabíamos de lo que hablaba. Sólo con su primer oficial podía mantener ciertas conversaciones sobre los temas importantes, de las cuales yo pude ser en ocasiones afortunado oyente. Las malas, miedo me da hasta recordarlas. Sólo hay que pensar en alguien excesivo cuando se desboca. Su ego no quedaba pequeño al lado de su cultura. Su necesidad de destacar nos metió en más de un problema. Su parsimonia hacía que el más mínimo detalle se multiplicase por mil. Su paranoia, sólo superada por la de su primer oficial, desquiciaba a la mente más tranquila. Tenía manías, vicios y defectos como para escandalizar a más de un cura novato en el confesionario. En ocasiones era pura contradicción. Era el más vicioso de los creyentes, y un bendito entre los pecadores. Era un loco, un artista, un idiota, y por cierto, un gran tenista. De él se llegó a decir que no existía sitio al que no pudiera ir, o que no pudiera encontrar. De él se dijo que había alcanzado la categoría de mito, pero, permítanme la confidencia, eso sólo se lo decía él a sí mismo. Así era y éste es, el Capitán de La Magdalena.

 

SEÑOR MENDOZA, PRIMER OFICIAL.

El primer oficial… bueno, realmente nadie sabía muy bien de donde venía. Era tan difícil llegar a conocer su origen, como lo era a veces saber de donde acababa de llegar, o a donde pensaba ir después. Un tipo misterioso, para que ustedes me entiendan. Sus modales, siempre por encima de los de la chusma de la que le gustaba rodearse, delataban una buena cuna. Sus conocimientos, notablemente mayores de lo que cualquiera aseguraría a primera vista, terminaban por confirmarlo. Sin duda un tipo con clase, tan capaz de moverse con soltura entre gente de altura como de mezclarse con la gentuza de peor calaña, compartiendo tragos y mujeres en cualquier tabernucha, bar de frontera o discoteca. Hay quien dice que hasta al mismísimo infierno bajaba de vez en cuando, sólo por el mero placer de remojar el gaznate como un condenado más entre las almas perdidas.

Cualquiera que le conociera medianamente bien notaba algo extraño. El más mínimo detalle que surgía en su vida, tanto en lo personal como en lo profesional, el más insignificante contratiempo, le producían una inmensa preocupación y una zozobra que resultaban incomprensibles ante los ojos de cualquier otra persona. Se castigaba y se atormentaba por motivos o contrariedades a veces insignificantes, mucho más de lo que otros lo harían. O quizá era ese estar siempre alerta, esa amenaza constante, ese recelar de todo, lo que le hacían tan peculiar. Él mismo era su peor juez, el más duro de todos. He de decir que, gracias a sus exageradas reticencias ante cualquier mal fario, más de cien veces salvó a la tripulación, mi persona incluida, de terminar finiquitados en el mar o desparramados nuestros miembros en cualquier otra pocilga. Mentiría si no dijera que más de mil veces nos volvió locos a todos por ese mismo motivo.

Pero no era una persona cobarde. No habría cabida para alguien así en la tripulación. A mí siempre me ha gustado pensar que en realidad era la única persona juiciosa en este condenado barco, de ahí que llamase tanto la atención. Quizá ese excesivo juicio, rozando a veces lo paranoico, era el contrapunto a los desvaríos del capitán, salvo cuando el primer oficial se emborrachaba junto con él. Si eso sucedía, que Dios nos cogiera confesados, porque entonces se acababan sus miedos y temores y eran capaces de llamar a las mismísimas puertas del infierno si sospechaban que había aventura al otro lado. Y los demás iríamos detrás, por esa costumbre tan española del “que no se diga”.

Nunca hemos llegado a comprender exactamente qué pudo pasar, quizá en esa infancia misteriosa nadie sabía dónde, para que el primer oficial tuviera esa clase de comportamiento. Un hombre culto, bastante inteligente y bien educado, que sin embargo no parecía quererse ni respetarse a sí mismo salvo en los momentos de peligro, donde sus esfuerzos por salir bien parado revelaban que, en el fondo, aún no se odiaba del todo. Y sin embargo pocas veces vi alguien que se reprochase tanto, que se castigase tanto, o que se dejase de tal forma como lo hacía él tan a menudo. Sobre todo últimamente, cuando los años le hacían todavía más pesada la carga. Si se le llegaba a conocer era fácil tenerle cariño y respetarle, no sólo por el mando que ostentaba sino por su agradable compañía, su generosidad y su agudo ingenio. Pero he de admitir que aunque se le llegase a conocer era muy difícil saber qué le pasaba, o cómo demonios ayudarle en su atormentada manera de ver la vida.

De que era un hombre temeroso de Dios no cabe duda, de que también temía a todo lo demás, tampoco.

 

SEÑOR SÁNCHEZ, SEGUNDO OFICIAL.

Quizá el señor Sánchez fuera el tipo menos singular de toda la nave, probablemente era el único y débil hilo que unía a esta tripulación con la realidad tal y como la entendía el resto del mundo. Una realidad que, la mayoría de nosotros, ni compartíamos ni aceptábamos. Y que ni mucho menos vivíamos.

Era el único que tenía una vida fuera de La Magdalena, era de los pocos que tenía familia y una vida social que iba más allá de la que también era su nave y su tripulación. De hecho, las obligaciones sociales del señor Sánchez cuando estaba de permiso, llegaban a irritar sobremanera a su capitán, que nunca llegó a comprender muy bien cómo alguien a quien apreciaba y estimaba, podía perder el tiempo en lo que éste consideraba estúpidos y aburridos convencionalismos. En los permisos, los oficiales de La Magdalena acostumbraban a mantener un contacto estrecho y eran numerosas las reuniones de trabajo que solían hacer y el capitán siempre parecía molesto cuando su segundo oficial se excusaba y no se mostraba dispuesto a entregarse a su nave a tiempo completo.

En los últimos tiempos había cambiado más, supongo que es lo que tiene el compromiso. Ahora las excusas todavía eran mayores y era más moderado y comedido en sus actos, actos que antes eran más “extremistas”, aunque nunca llegó a alcanzar los límites que su capitán o su primer oficial traspasaban casi continuamente. Quizá nunca subiera tan alto como ellos, ni tocara el cielo, pero tengan por seguro que tampoco bajó nunca a los infiernos a los que estos dos bajaron, ni se arrastró como ellos se arrastraron entre montañas de mierda maldiciendo su destino. Había sido un crápula, aficionado al alcohol y a las mujeres, aunque también eso había cambiado, ya no tocaba a más mujer que la suya y sus tragos no eran largos como antes. Las fiestas, a las que antes era tan aficionado y en las que nunca perdía su distinción y su clase por mucho que su entrepierna palpitase más que su corazón, casi no figuraban ya en un curriculum que, cada vez tenía más de monacal que de marinero de ultramar acostumbrado a los escarnios y al exceso.

Quizá era todo esto lo que le hacía ser más eficiente, más centrado, más realista y su opinión siempre era tenida en cuenta por el capitán, valorándola más de lo que valoraba casi cualquier otra en esta nave repleta de enfermos mentales, capitán incluido. Estas mismas cualidades, además de sus galones, hacían que tuviera el respeto y la consideración de la tripulación. Tenía una amplia capacidad de análisis y veía los acontecimientos sin dejarse llevar por estúpidos traumas ni complejos. El capitán siempre había pensado que eso se debía a que no había ido a colegio de curas y su formación en la pública siempre había sido más racional y estaba ausente de todos esos miedos que las sotanas metían en nuestras inocentes cabezas y que nos marcaban de por vida.

Era un hombre con una amplia formación científica, siempre ávido de conocimientos. Pese a lo abultado de su patrimonio en tierra, siempre parecía ajeno y despreocupado sobre la mayoría de los bienes materiales, quizá por la tranquilidad que le proporcionaba su fortuna. Estaba llamado a comandar su propio barco y por este motivo, cuando completó su formación como segundo oficial en La Magdalena, fue destinado a otra nave, separándose durante un tiempo de nosotros. Pero tanta era la estima, o lo que fuera que sintiese, por este navío y su tripulación, que él mismo solicitó reincorporarse de nuevo a este barco en el que sabía que no podría pasar de segundo oficial.

Todos nos considerábamos afortunados de tener entre nosotros a alguien que todavía estuviera en sus cabales y, si por algo destacaba, era además por ser el único miembro de toda la nave que todavía conservaba alguna virtud en su “haber”, sin tener demasiados pecados en su “debe”.

 

MARINERO DE PRIMERA CLASE SEÑOR LIZANO.

El marinero de primera clase Lizano llegó a La Magdalena a la manera de las más clásicas novelas de aventuras. Y no por ser más de mil veces utilizada esta fórmula, deja de ser menos cierta en esta ocasión. Les cuento. En una de las frecuentes salidas nocturnas del capitán, cuando el barco se encontraba en puerto seguro y estando en esa ocasión acompañado por otro marinero, se encontraron al solitario Lizano vaciando sin la más mínima aprensión los inacabados vasos que, otros trasnochadores juerguistas dejaban abandonados en las mesas de uno de los peores tugurios de la ciudad. El avispado marinero que acompañaba al capitán no tardó en darse cuenta de qué pie flojeaba Lizano, y ese pie era el gaznate reseco y siempre dispuesto a llevarse un buen trago para adentro y la escasez de pecunia con la que satisfacer dicho deseo.

Así que pronto, entre marinero y capitán, dieron a Lizano satisfacción en su búsqueda de licor y ambos se encargaron de que no le faltara bebida. En no más de cinco minutos, el agradecido Lizano, narró a sus inesperados mecenas que ahora subvencionaban sus tragos, sus orígenes, fortunas e infortunios. Y, como sospechaban nuestros marinos por el aspecto que ofrecía, Lizano provenía de las lejanas tierras de América y había llegado a las Españas en busca de fortuna y haciendas pero, no habiéndole acompañado la suerte, se encontraba ahora sin oficio ni beneficio, ni real en el bolsillo, ni familia ni amigos que le ayudasen… ni reclamasen. Lo cual, si llegaba el caso, era algo importante y a tener en cuenta para los propósitos del capitán y su subordinado.

No era costumbre del capitán dedicarse a estos menesteres pero, ya que su acompañante había empezado el trabajo, mejor sería terminarlo cuanto antes y satisfactoriamente. Y además, viendo la trayectoria que llevaba nuestro protagonista, no es difícil adivinar que bastaron unas pocas rondas más para conseguir que cayera en redondo sobre el suelo del local. Después de eso todo sencillo, sacarlo de ahí a rastras como pudieron, coger un taxi y directos al barco. Sin más.

Llegados a este punto, como pueden ustedes imaginar, sólo nos queda decir que se levantó al día siguiente con monumental resaca, ya en alta mar, con un arrugado papel en la mano firmado por él mismo, en el que solicitaba voluntariamente formar parte de la tripulación de La Magdalena y sin poder siquiera sospechar cómo había llegado hasta allí y cuándo diablos había firmado ese documento.

Lo único que hace diferente esta historia a muchas otras es que, lejos de soltar por su boca cuantas blasfemias pasaron por su cabeza y de exigir inútilmente que le devolvieran a tierra que era donde debiera estar, se levantó, se lavó la cara con el agua de un cubo que halló cercano, bebió de ella y se dijo a sí mismo que igual le era servir a un amo en tierra que en alta mar y puestos a jugarse el tipo y a acabar cosido a espadazos o cañonazos, tanto le daba que de sus restos se aprovecharan los gusanos en la tierra como los peces en el mar.

Así se hizo Lizano uno más entre la tripulación y pronto se adivinó su persona como una consumada recopilación de vicios. Tenía una afición desmedida por el alcohol, que lo bebía como agua hasta acabar borracho a cualquier hora del día, era pendenciero con los desconocidos y lascivo asaltante de cuanta mujer se descuidara y saliera a su paso. Esta era, junto con la bebida, su mayor debilidad y  tantas veces como estaba borracho, como las que no lo estaba, que eran las menos, sólo pensaba en introducir su soberano y viril miembro entre las piernas de cualquiera de las mujeres que se encontrara en su camino. Daba igual condición y procedencia, edad y aspecto, consentimiento o no de las mismas. Él tan solo quería profanar sus entrepiernas y dar satisfacción a sus instintos.

Quizá por eso no destacó entre el resto de la chusma, porque era tan chusma como el resto. Lo que le hacía diferente era que, nadie sabe porqué, el capitán gustaba de su conversación en sus cada vez más escasos momentos de sobriedad y decía, tampoco sabe nadie el porqué, que Lizano le proporcionaba una grandísima sensación de calma y tranquilidad. Cosa esta harto inexplicable tratándose de alguien como quien hemos descrito. También hay que decir que Lizano era un hombre culto, con un amplio conocimiento del mundo y muchas historias que contar, cualidades éstas que resultaban muy importantes para el capitán. Es por esta razón que a menudo, acompañaba al capitán en sus siempre llamativas incursiones por el mundo de la aventura o de la locura, lo que le permitió ser testigo de venturas y desventuras y aciertos y desatinos de las más de mil historias que la tripulación de tan singular nave vivió. Vaya usted a saber.

 

MARINERO SEÑOR ABDERE.

Si describiéramos a un fantasma, eso sería lo más parecido a describir al señor Abdere. Si abriéramos un libro con todas sus páginas en blanco, eso sería lo más parecido a todo lo que sabemos sobre el pasado del señor Abdere antes de aparecer en La Magdalena. Y digo bien cuando utilizo la palabra “aparecer”, porque eso es lo que pasó en realidad. Apareció un buen día, sin que nadie sepa cómo, nadie lo vio embarcar, ni figuraba en las listas de la tripulación, fue el capitán quien tuvo que aclarar al resto de la nave lo que hacía allí y quien dio órdenes especiales y tajantes respecto a él.

Nunca tuvo el señor Abdere ninguna de las obligaciones que se supone ha de tener un marinero. Cuando periódicamente, el oficial encargado exponía la lista con las funciones de cada uno de los miembros de la tripulación, junto al nombre del señor Abdere siempre aparecía la frase “Dispensado de servicio”. Nadie podía darle ninguna orden, ni aplicarle ningún castigo y cualquier decisión respecto a él tenía que contar con la aprobación del capitán. Su puesto y misión estarían allí donde decidiera personalmente su capitán y éste sería el único que podría darle órdenes y decidir sobre él. Por su parte, el señor Abdere no podía ni debía ordenar nada a nadie, su rango, el de marinero, era el más bajo de la nave y, aunque muchos más marineros había, él se reconocía como el menor de todos ellos. Y a la vez parecía ser intocable. Estas fueron, entre otras, las disposiciones más llamativas del capitán respecto al no menos llamativo señor Abdere.

Y verdaderamente lo era, era llamativo, misterioso, oscuro. Pero su misterio no era atractivo, no. Al contrario. Su imagen era la de un hombre de alma empobrecida, de inexistente conciencia y nula moralidad y ética. Hubiera resultado repugnante para cualquiera de las mentes bienpensantes de cualquiera de nuestras civilizadas ciudades. Incluso para aquellos miembros de nuestra tripulación de la más baja catadura moral resultaba repugnante. Por otra parte no se relacionaba con nadie y tan solo intercambiaba las palabras justas con el resto de miembros de la tripulación. Nadie hablaba con él y él no parecía interesado en hablar con nadie. Siempre solía llevar la misma ropa, sombría como él, pocas veces se cambiaba y su pelo era muy oscuro y parecía estar siempre extrañamente sucio. En ocasiones lo veían en mitad de la noche a solas, en la proa del barco, mirando la inmensidad de los mares, otras, acurrucado en los rincones más escondidos y oscuros de la nave, temblando y gimiendo como el más indefenso de los mortales. A veces dormía en las bodegas, en el sitio que le correspondía entre la marinería y otras, no se sabía dónde pasaba las noches a bordo. Se le veía aquí y allá y de repente desaparecía del barco durante días, semanas y, en ocasiones, meses enteros. Parecía como si pudiera abandonar y regresar a la nave a su antojo, por mucho que esta estuviera en mitad del mismísimo océano. Nunca nadie se atrevió a acercarse a él y ver lo que le pasaba y todos rehuían su compañía.

Pocas veces le vimos entrar en combate, muy pocas. Cuando abordábamos un barco o asaltábamos una ciudad él no solía estar presente. Y sin embargo el capitán, debidamente informado por sus oficiales de su ausencia durante la lucha, nunca formuló contra él ninguna acusación de deserción o cobardía frente el enemigo y siempre aseguró que respondía por él y por su actuación durante la lucha. Pero hay que decir que hubo ocasiones en las que sí que se le vio combatir, y entonces todos nosotros dábamos las gracias a la divina Providencia porque esa bestia salvaje combatiera en nuestro bando y no en el del enemigo. De repente, sin saber de dónde había salido, aparecía a nuestro lado chillando y aullando como un animal, repartiendo a diestro y siniestro y blandiendo sus espadas sin la menor noción de la esgrima tradicional pero con más efectividad que cualquiera de nosotros, por muy versados que estuviéramos en el manejo de la espada. Porque eso es lo que era, era un auténtico animal salvaje que usaba dos espadas como si fueran una prolongación natural de sus manos y rebanaba cuellos y pescuezos como si en lugar de contra hombres luchase contra pollos indefensos. Gritaba, aullaba, parecía estar completamente loco, lleno de ira, de rabia y de un dolor que intentaba sofocar, infringiendo en los demás todo el daño que puede provocar una espada cuando atraviesa un cuerpo humano de lado a lado. Temblábamos nosotros mismos sólo de verlo actuar, imagínense nuestros enemigos.

Cuando el barco atracaba en algún puerto y la tripulación tenía permiso para bajar y pasar unos días en tierra, él se iba solo y a veces no se le veía ni embarcar de nuevo en la nave antes de partir. Eso no impedía que luego siempre acabara apareciendo entre nosotros, como era costumbre, ya en alta mar y sin que nadie supiera de dónde había salido. Otras veces lo veíamos en tierra, bebiendo, jugando a todo juego de azar imaginable, apostando y fornicando con las más bajas rameras de cuantas se puedan encontrar por esos puertos abandonados de la fe y de la civilización. En más de una ocasión, se le veía forzando en plena calle a alguna mujer que había caído más presa de su bolsa llena que de sus encantos. Y también en más de una ocasión apareció el cadáver de la dama al día siguiente, degollado y con signos de una violencia demente y perturbada. Aparecían también muertos, horriblemente mutilados, allá por donde él había pasado, pero cuando eso ocurría ninguno de nosotros se atrevía a acusarle de nada, tal era el miedo que nos acabó dando y el temor que todos le teníamos. Y entonces él se limitaba a desaparecer, como tantas veces había hecho, hasta que todo se olvidaba o el barco partía de nuevo.

No tenía moral, ni ética, ni conciencia, ni nada que se le pareciera, estaba lleno de vicios y su sola presencia provocaba náuseas a cuantos le trataban. Su guía parecían ser sus instintos y su meta, la satisfacción de los mismos. Era un pecador orgulloso de serlo y a la vez atormentado por una vida que nadie sabía si quería llevar, ni siquiera él mismo, pero que llevaba en soledad. Una soledad que de no ser voluntaria sería obligada, porque no había quien quisiera ni se atreviera a acercarse a una persona como él.

Tan solo con el capitán parecía hablar alguna vez, pero nunca delante de otras personas. Jamás les vieron hablar en público, imagino que porque ni al capitán ni a nadie le gustaría que le vieran relacionarse, por mínima y obligada que fuera esa relación, con un individuo como el señor Abdere. Se le veía entrar al camarote del capitán y permanecer allí largo tiempo. Nunca nadie supo de qué hablaban ni qué relación tenían para que el capitán, un hombre tan aparentemente lejano al señor Abdere, le hubiera acogido bajo su protección. El misterio que les unía, fuera cual fuere, siempre permaneció oculto para todos los miembros de la tripulación y, por muchas conjeturas que pasaran por su mente, ninguno de aquellos marinos se atrevió nunca a preguntar nada de eso a su capitán y menos aún al reprobado señor Abdere. Ni siquiera entre ellos se atrevían a comentar nada, puesto que no sabían de donde podría aparecer ese hombre del todo inhumano y cuan temida podría ser su reacción si les escuchaba hablar de él.

Así es señores, por mucho que a ustedes les pueda parecer imposible, este hombre existía y existe, y era y es miembro de la tripulación de La Magdalena. No todo es pureza, no todo son rosas, no todo son almas nobles y limpias en este mundo en el que vivimos y en ocasiones, la vida nos dispone junto a personas que, nadie sabe porqué, tienen su alma condenada para siempre. Miren en sus trabajos, a sus vecinos, en sus restaurantes…, seguro que encuentran a alguien como él, si es que no apartan la vista y su cerebro olvida, porque hay cosas que es mejor no conocer, no atreverse a conocer. Quizá él esté también entre ustedes. Y con ellos hay que convivir.

Para unos un fantasma, para otros un demonio, para todos repugnante, para nadie su amistad.

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